El segundo combate de San Lorenzo: Soberanía en las barracas del Paraná

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El 16 de enero de 1846, en las barrancas del río Paraná y a metros del histórico Campo de la Gloria, se libró un combate deliberadamente ocultado por la historia oficial.

No fue el San Lorenzo de 1813, consagrado en los manuales escolares, sino otro, incómodo y profundamente político: el segundo combate de San Lorenzo, protagonizado por fuerzas de la Confederación Argentina contra la poderosa escuadra anglo-francesa. Ese día, hombres mal armados, con artillería precaria y sin flota, volvieron a enfrentar al imperio y volvieron a demostrar que la soberanía no se declama: se ejerce.

Este combate se inscribe en la Guerra del Paraná, una guerra real aunque no declarada, que Gran Bretaña y Francia emprendieron contra la Confederación Argentina bajo el pretexto del llamado “libre comercio”. En nombre de ese principio, las potencias europeas desconocieron la autoridad del gobierno de Buenos Aires sobre los ríos interiores, navegaron sin autorización, sin pagar derechos de Aduana, ocuparon Martín García y bloquearon el puerto porteño para forzar la rendición política de Juan Manuel de Rosas.

La agresión imperial y su verdadero objetivo

El bloqueo y la intervención no tuvieron como fin facilitar intercambios, sino quebrar la soberanía argentina, someterla a los intereses del comercio imperial y disciplinar a un gobierno que se negaba a aceptar imposiciones extranjeras. Fracasadas las campañas militares unitarias, la ofensiva se trasladó a los ríos. Allí, la Confederación debía ser doblegada no solo por la fuerza de las armas, sino por el ahogo económico y la presión diplomática.

Los ministros interventores y el negocio de los cueros

Mientras se hablaba de civilización, se desarrollaba un entramado de presiones, negocios y dilapidaciones que la historiografía liberal prefiere ignorar. El 11 de junio, el ministro Bejar acusaba recibo a Rivera de una remesa de cueros, pero le exigía nuevas entregas “porque usted sabe bien nuestro estado y la necesidad de evitar inconvenientes que puedan presentarse en este asunto”. El mensaje era inequívoco: había que satisfacer las exigencias de los ministros interventores sin provocar conflictos públicos.

Aunque Rivera realizaba enormes acopios, todo resultaba poco para sostener su sistema de derroche. Asediado por quienes vivían de sus larguezas y explotado por quienes medraban del desorden, estaba siempre urgido de dinero. A fines de agosto pedía nuevas sumas al ministro de Hacienda, quien al enviárselas exigía informes detallados sobre los cueros “con los documentos que puedan ilustrar el particular”. Así se financiaba y se prolongaba una intervención extranjera que saqueaba recursos mientras hablaba de libertad de comercio.

Mansilla y la defensa criolla del Paraná

Frente a esta agresión, Rosas encomendó al general Lucio Norberto Mansilla la defensa del Paraná. No había flota ni recursos comparables a los del enemigo. La respuesta fue criolla: baterías costeras, artillería fija y conocimiento del terreno. En la Vuelta de Obligado, el 20 de noviembre de 1845, esa estrategia ya había demostrado que el imperio podía ser frenado y castigado.

San Lorenzo 1846: La emboscada perfecta

Tras los daños sufridos en el Paso del Tonelero el 9 de enero de 1846, la flota anglo-francesa continuó su avance río arriba, confiada en su superioridad técnica. El 16 de enero, en San Lorenzo, Mansilla desplegó una táctica paciente e inteligente. Apostó alrededor de 350 hombres y ocho piezas de artillería, ocultos en la vegetación de la barranca. Ordenó no responder a los disparos de reconocimiento de los buques insignia enemigos para no delatar la posición. La espera fue parte central del combate.

Cuando apareció el grueso del convoy —buques mercantes entremezclados con barcos de guerra—, las baterías argentinas abrieron un fuego cerrado y sostenido. La sorpresa fue total. Los barcos enemigos entraron en confusión, maniobraron desesperadamente, muchos colisionaron entre sí y buscaron refugio en arroyos laterales. El desorden fue absoluto.

El combate se prolongó durante casi cuatro horas y luego se reanudó hacia Punta Quebracho. Las fuerzas eran abiertamente desiguales, pero el resultado fue demoledor. El propio contralmirante inglés reconoció que apenas un solo buque del convoy salió sin recibir un balazo. Varios mercantes quedaron inutilizados; otros solo pudieron continuar navegando tras costosas reparaciones. Las bajas aliadas rondaron los cincuenta hombres fuera de combate, una cifra que desmiente cualquier relato de “incidente menor”.

El silencio y la mentira liberal

La prensa liberal de Montevideo ocultó las pérdidas, exageró episodios secundarios y fabricó relatos sentimentales para tapar el desastre. Pero los partes oficiales, la correspondencia capturada y los informes publicados en la Gaceta Mercantil muestran otra realidad. Marinos ingleses y franceses reconocían los descalabros sufridos y reclamaban refuerzos ante una resistencia que no lograban quebrar.

De la derrota militar a la derrota política

El desgaste económico, la inutilización de mercantes y la inseguridad permanente de la navegación volvieron inviable la intervención. El arribo del comisario británico Thomas Samuel Hood marcó el giro decisivo: ya no se trataba de imponer condiciones, sino de negociar una salida. Gran Bretaña y Francia comprendieron que no podían imponer por la fuerza la libre navegación. Los tratados posteriores fueron el reconocimiento de una derrota política.

16 de Enero de 1846: Efeméride de sobreanía

El segundo combate de San Lorenzo fue silenciado porque demostraba algo inadmisible para la historia liberal: que la Confederación Argentina, conducida por Rosas, fue capaz de enfrentar y frenar a las mayores potencias del mundo. En el mismo lugar donde en 1813 se combatió al colonialismo español, en 1846 se volvió a enfrentar y derrotar al imperialismo, esta vez anglo-francés.

Por eso hoy, 16 de enero, recordar San Lorenzo de 1846 no es un gesto simbólico: es un acto de memoria nacional. Porque la soberanía argentina no nació de concesiones diplomáticas ni de la benevolencia europea, sino de hombres que, desde las barrancas del Paraná, se animaron a decirle no al imperio.

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